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Dr. Juan Eduardo Donoso Perito médico-legal
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Errores que debilitan un peritaje médico ante tribunal

Casi ninguno se cae por decir algo falso. Se caen por afirmar más de lo que sus propios antecedentes permiten sostener, y por no haberlo declarado antes de que lo hiciera la contraparte.

Un informe pericial médico bien escrito y un informe pericial médico sólido no son lo mismo, y la diferencia solo se ve en la audiencia. Ahí el documento deja de leerse y empieza a interrogarse: cada afirmación tiene que poder responder de dónde salió. Las que no pueden arrastran consigo a las que sí.

Lo que sigue son las siete fallas que aparecen con más frecuencia al revisar informes ajenos. Sirven en las dos direcciones: para detectarlas en el informe de la contraparte, y para no cometerlas en el propio.

1. Conclusiones que no se pueden rastrear hasta nada

Es la falla madre, y de la que se derivan casi todas las demás. El informe afirma que la conducta se apartó del estándar, pero no dice qué hallazgo concreto del expediente lo demuestra ni qué fuente fija ese estándar. Leído de corrido suena razonable. Sometido a preguntas, no tiene dónde apoyarse.

La prueba es simple y conviene aplicarla al informe propio antes de presentarlo: tape las conclusiones. Si el resto del documento no permite llegar a ellas, no las sostiene. Un lector técnico que parta de los mismos antecedentes debería poder reconstruir el razonamiento sin ayuda del autor.

2. Juzgar con el desenlace en la mano

El sesgo retrospectivo es el error más frecuente y el más difícil de ver desde dentro. Consiste en evaluar una decisión clínica con información que el médico no tenía cuando la tomó. Sabiendo cómo terminó todo, la señal que se pasó por alto parece evidente; en el momento estaba enterrada entre otras veinte que no llevaban a ninguna parte.

El estándar de cuidado es la conducta que un médico razonablemente prudente, con la misma especialidad y en las mismas circunstancias, habría adoptado con la información disponible al momento de actuar. Esa última cláusula es la que se olvida. Un informe que la respeta reconstruye qué se sabía a cada hora; uno que no, describe una cadena de decisiones que solo es obvia leída al revés.

En el contraexamen se detecta con una sola pregunta: ¿qué información constaba en la ficha en el momento de esa decisión? Si el informe no lo separó, la respuesta lo desarma.

3. Citas que no dicen lo que el informe dice que dicen

Una bibliografía extensa impresiona hasta que alguien la abre. Hay tres niveles de problema, de menor a mayor: la referencia no existe o no es localizable; existe pero no afirma lo que se le atribuye; existe y lo afirma, pero el tipo de estudio no soporta el peso que se le está poniendo.

El tercero es el más común y el menos visible. Una serie de casos no sostiene una conclusión sobre causalidad. Un estudio en población distinta no se traslada sin más. Citar es fácil; que la cita aguante lo que se le cuelga encima, no.

Por eso cada referencia debería ir con identificador verificable —PMID o DOI— y con el nivel de evidencia declarado. No es formalismo: es la única forma de que la contraparte pueda comprobarlo, que es exactamente lo que se pretende.

4. Todo suena categórico

Un informe donde todas las conclusiones tienen el mismo tono afirmativo está diciendo, sin querer, que su autor no distingue entre lo que sabe y lo que supone. Y basta con que una sola de esas afirmaciones ceda en la audiencia para que las demás queden bajo sospecha, porque nada las diferenciaba.

La alternativa es declarar el grado de certeza de cada conclusión por separado: categórico, probable, posible o no determinable. Un mismo informe puede ser categórico sobre cuál era el estándar aplicable y no determinable sobre el nexo causal, y decirlo así lo hace más fuerte, no más débil. Ver la escala completa.

Declarar «no determinable» donde corresponde es lo que da crédito a las conclusiones categóricas del mismo documento.

5. Invadir la calificación jurídica

Un perito médico que escribe que hubo negligencia se ha salido de su competencia. El informe puede y debe establecer tres cosas: cuál era el estándar aplicable, si la conducta se apartó de él, y si ese apartamiento tiene relación causal con el daño. Calificar eso como negligencia es una operación jurídica, y es del tribunal.

La invasión de competencia no es solo un problema formal. Le entrega a la contraparte una vía cómoda para presentar al perito como parcial, y desde ahí discutir todo lo demás sin entrar en el fondo técnico.

6. Vacíos documentales no declarados

Casi ningún expediente clínico llega completo. Faltan notas de evolución, falta el informe del radiólogo, falta el registro de enfermería de un turno. Un informe serio dice qué faltaba y qué consecuencia tiene esa falta sobre sus conclusiones.

El que no lo dice queda expuesto a la peor pregunta posible en una audiencia: la que revela que el perito no tuvo a la vista algo relevante y no lo advirtió. A partir de ahí ya no se discute el contenido del informe, se discute su método.

Declarar los vacíos tiene además un uso ofensivo: la lista de antecedentes faltantes suele ser el mejor insumo para pedir diligencias.

7. El informe que solo dice lo conveniente

Es el más costoso de todos. Un informe que omite los elementos favorables a la parte contraria no engaña a nadie que sepa leerlo: se nota en las ausencias. Y cuando la contraparte las señala —lo hará—, el daño no se limita a ese punto. Alcanza a todo el documento y a quien lo presentó.

La independencia no es una postura moral, es una condición técnica de resistencia. Un informe que reconoce lo que juega en contra y explica por qué, pese a ello, la conclusión se sostiene, es mucho más difícil de atacar que uno que finge que ese elemento no existe.

Lo que no es un error

Conviene una advertencia, porque la lista anterior se puede usar mal. Que un informe llegue a una conclusión contraria a la propia no lo convierte en defectuoso. En medicina hay materias donde la evidencia admite lecturas distintas, y dos peritos competentes pueden discrepar sobre el mismo expediente sin que ninguno haya fallado en el método.

La diferencia está en si el informe declara esa discrepancia. Un documento que reconoce que existe una lectura alternativa, la describe y explica por qué prefiere la suya, es sólido aunque no se comparta. El que presenta como pacífico un punto que no lo es, no.

Atacar un informe bien construido por el solo hecho de que perjudica suele salir caro en la audiencia: consume la credibilidad que hará falta para los puntos donde sí hay algo que discutir.

Cómo se usa esto en la práctica

Frente al informe de la contraparte, estas siete fallas son una lista de comprobación: cada una que aparezca es un punto de interrogatorio con la pregunta ya escrita. Ese es el trabajo de una revisión crítica, y su traducción a preguntas ordenadas para la sala es una minuta para la audiencia.

Frente al informe propio, son una lista de verificación previa. Un informe pericial se escribe para ser contraexaminado: si una debilidad es real, es preferible que esté declarada en el documento antes de que la encuentre la otra parte. Eso, y no la contundencia del lenguaje, es lo que hace que un informe aguante.

Detectar estos errores en el informe de la otra parte, antes de la audiencia y no durante, es lo que hace una revisión crítica.

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Este artículo no constituye asesoría jurídica ni clínica individual.

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